Sobre el origen instintivo del progreso

I. Progreso, desarrollo y humanidad

Como individuos, el hecho de que algunos desarrollen deseos insaciables parece no responder a ninguna necesidad indispensable para la subsistencia, y aun así muchas personas los persiguen, ya sea en cosas materiales, o en cosas intangibles. Como especie, muchos de los avances en diferentes materias tampoco parecen responder a un propósito urgente para la humanidad. Los descubrimientos en las ciencias, que buscan acercarnos a verdades universales suenan importantes, pero avanzar más lento, o no avanzar en estos descubrimientos, no compromete la vida en general.

Es visible también que las materias que concentran el interés del capital avanzan a mayor velocidad que las que no. El argumento aquí no es cuestionar por qué algo se desarrolla más que otra, ni cuestionar el cambio en sí mismo, sino cuestionar el progreso entendido como anhelo. El progreso y el desarrollo experimentados como impulso parecen propios y, en cierto sentido, exclusivos de los humanos.

En otras especies puede observarse progreso – definido como avance, mejora o desarrollo sobre algo o alguien – en forma de evolución, pero este progreso responde directamente a una necesidad de subsistencia de la especie. A diferencia de los humanos, donde el desarrollo puede sobrepasar la supervivencia inmediata. Es verdad que en los humanos se encuentran casos, tanto a manera individual como colectiva, donde el cambio y el progreso son ignorados o rechazados. No se parte de la idea del progreso como algo universal y omnipresente en todas las mentes humanas. Sin embargo, sí puede afirmarse que cuando este sobrepasa la supervivencia, nos encontramos ante un fenómeno que no se encuentra en otras especies en esa misma forma.

En este texto postulo una idea para tratar de explicarlo desde un ángulo naturalista.

II. Fundamento: el instinto de supervivencia

La idea central, aunque parezca contradecir lo anteriormente escrito, es que este tipo de progreso sí viene, en su origen, de un instinto de supervivencia. Definiendo instinto como un impulso automático y preconcebido en una base biológica, se establece entonces un fundamento: todas las acciones que realizan los seres vivos pueden ser rastreadas a un único instinto, el de supervivencia.

Tomando inspiración en la teoría de las necesidades de Maslow, se retoma la idea de que nuestras necesidades son mucho más complejas y sofisticadas que las necesidades de otras especies debido al nivel de desarrollo cognitivo que poseemos. A partir de ello, concluyo que nuestro instinto de supervivencia también se hace más complejo. Estos instintos pueden buscar la prevalencia del individuo, del conjunto de la especie o de ambos.

Partiendo de la definición simplificada del instinto de no morir como el primer nivel, este se bifurca en un siguiente nivel para responder a la complejidad que debe atender en nuestro organismo humano. En este segundo nivel aparecen los instintos de supervivencia biológicos, como el hambre. Es necesario tener hambre para obtener nutrientes. En este nivel aún ni siquiera es necesario el uso de la razón para experimentarlos.

En el siguiente nivel encontramos los instintos de supervivencia emocionales, como el miedo. Lo necesitamos para alejarnos de peligros. Aquí ya interfiere la conciencia, aunque no necesariamente de manera compleja.

En un nivel posterior están los instintos de supervivencia racionales. Uno de ellos es el amor, siendo específicos en este ejemplo y acotándolo al amor entendido como sentimiento de atracción por otro humano, donde uno de sus propósitos y consecuencias —sin sostener que sea el único— es la reproducción. Los primeros dos ejemplos funcionan como mecanismos automáticos para buscar la supervivencia del individuo; el último puede orientarse hacia la supervivencia de la especie. Para profundizar más en esta postura del amor como forma de perdurar la vida puede leerse el volumen II de El mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer.

Siguiendo la lógica hasta este momento en la sofisticación del instinto de supervivencia, puede afirmarse que este no desaparece, sino que adopta nuevas formas.

III. El significado como forma avanzada del instinto de supervivencia

En este punto puede encontrarse otra forma en la que el instinto de supervivencia adquiere una nueva expresión, ubicada en un nivel similar al ejemplo del amor. Esta sería el “significado”. Definiéndolo como la búsqueda y el estado mental de tener un propósito por el cual vivir, el significado puede entenderse como un proceso automático que le recuerda al individuo la importancia de su existencia.

Así como el hambre recuerda constante y automáticamente la importancia de procurar alimento, el significado sería el proceso que le recuerda al individuo la importancia de seguir viviendo. Se propone entonces que a la mente humana no le basta con tener los recursos para mantener un cuerpo físicamente sano ni con prevenir riesgos que pongan en peligro su integridad. También es necesario vivir con una narrativa coherente, un estado mental donde, por alguna razón, haga sentido conscientemente querer seguir viviendo.

Este instinto adquiere mayor relevancia en situaciones de extrema adversidad —cualidad que comparte con el resto de las formas de instintos de supervivencia—, donde incluso para sobrevivir es necesario sobreponerse a otros instintos como el miedo o el dolor. De no contar con esta coherencia de significado, se estaría en un riesgo latente de caer en un estado que comprometa la salud mental ante la menor adversidad, un colapso mental que posteriormente resulte en un colapso físico.

Si lo que pretende el significado es crear un propósito que dé sentido, este propósito puede entenderse como un objetivo por el cual vivir. Propongo que este propósito tiene tres características principales: 1. Se genera inicialmente de forma automática, 2. Se condiciona directamente al contexto del individuo en su forma y transformación, 3. Tiende a ser inalcanzable. Estas características están profundamente ligadas entre sí, aunque pueden abordarse por separado.

IV. El propósito automático

Si se clasifica como instinto, por definición se asume como generado de manera biológica preconcebida. Si este es el caso, se estaría diciendo que también es universal en todos los humanos, en el sentido de que todos mantienen siempre algún ideal mínimo de continuidad de vida.

Esta característica puede parecer controversial por su carácter general. En la vida cotidiana encontramos personas —incluidos nosotros mismos— que, si fueran cuestionadas por su ideal o significado de vida, no podrían responder con claridad o simplemente responderían con la ausencia de significado. La pregunta parecería extremadamente compleja de responder, incluso si se dedicara toda la vida a hacerlo.

Sin embargo, el significado automático al que aquí se hace referencia es algo más sencillo. No responde a la pregunta de cuál es el significado de la vida en general ni al sentido último de la existencia. Responde únicamente al futuro próximo: ¿por qué debería seguir vivo mañana?

La respuesta puede ser tan simple como “porque tengo una mascota que depende de mí para vivir”. Este ejemplo puede parecer demasiado trivial y descartable para algunos como propósito válido, pero recordemos que en esta propuesta se plantea el significado como un instinto de supervivencia. Como instinto, solo abarca hasta el punto mínimo para subsistir, en este caso, el propósito mínimo que da coherencia.

Al igual que el miedo automático se aplica a estímulos básicos, pero puede volverse más complejo con la experiencia y el razonamiento, el propósito puede ampliarse cuando interviene la conciencia.

La complejidad y el horizonte temporal del propósito dependerán del nivel de adversidad que el sujeto necesite afrontar para sobrevivir. Alguien que viva con bajo nivel de adversidad podría sostenerse con un propósito sencillo —definiendo “sencillo” como algo que involucra pocas variables— y cercano en el tiempo. Por el contrario, una vida llena de adversidades podría requerir un propósito más complejo y estructurado para soportar el desgaste continuo.

V. Contexto y adaptación

La segunda característica relaciona el propósito con el contexto. En este punto puede reconocerse cierta afinidad con la postura del materialismo histórico, desarrollada por Karl Marx y Friedrich Engels, en cuanto reconoce la influencia de las condiciones materiales en la formación de la conciencia. Para profundizar en esta perspectiva puede consultarse su obra. Se propone aquí que el contexto general —material, cultural, histórico— moldea el propósito. No se afirma un determinismo absoluto, pero sí un condicionamiento significativo.

El propósito generado instintivamente está adaptado a las necesidades y condiciones del individuo. El propósito de alguien nacido en el campo será distinto al de alguien nacido en una ciudad.

Si el contexto cambia radicalmente, el propósito debe adaptarse. Por ejemplo, si una persona cuyo propósito es proveer a su familia, pierde de manera repentina a sus seres queridos, su narrativa pierde coherencia. Puede atravesar un estado de profundo sufrimiento donde sus acciones cotidianas pierdan sentido. Sin embargo, otros instintos de supervivencia, como el hambre, continúan operando y pueden sostener la vida mínima mientras el instinto de significado busca generar una nueva narrativa coherente.

El propósito, entonces, busca naturalmente adaptarse al contexto presente para restaurar coherencia interna.

VI. Del propósito al ideal

Hasta este momento hemos abordado el significado y el propósito como algo instintivo que no requiere el uso de la conciencia racional para existir. Sin embargo, cuando se añade la reflexión, el propósito puede transformarse en “Ideal”.

El ideal es la representación consciente de cómo debería vivirse. Incorpora juicio moral. El propósito inicial puede no ser categorizado como bueno o malo; simplemente existe. El ideal, en cambio, implica evaluación consciente.

De las características anteriores, el ideal conserva su relación con el contexto y su tendencia al infinito. Sin embargo, pierde la característica de ser estrictamente automático y universal, pues requiere reflexión.

Aquí se añade una característica que el propósito inicial no tenía: el ideal posee la capacidad de reorganizar jerárquicamente los instintos. Puede volverse tan grande que reordene las prioridades internas del individuo. Puede incluso sobreponerse al miedo, al dolor o al instinto inmediato de autopreservación. En este caso, el instinto de supervivencia no desaparece, sino que se reinterpreta. La supervivencia deja de centrarse exclusivamente en el individuo y se desplaza hacia aquello que el ideal considera más importante: una causa, una comunidad, una idea o una narrativa que trasciende al sujeto.

Así pueden explicarse comportamientos en los que individuos sacrifican su vida en nombre de su ideal. No se trata necesariamente de una ruptura con la supervivencia, sino de un desplazamiento del sujeto que debe sobrevivir hacia algo externo.

VII. Ideal, insaciabilidad y significado

El ideal conserva su tendencia al infinito. Puede modificarse cuando se alcanza una meta, pero el hecho de mantener un ideal durante años le otorga coherencia narrativa. La inercia de sostener una misma idea en el tiempo fortalece su legitimidad interna.

Cuando se añaden cualidades propias del razonamiento, como la creatividad y la ambición, el ideal puede expandirse a escenarios aún más amplios. En casos extremos puede incluso justificar acciones que parecen contradecir la supervivencia individual o colectiva.

Aquí puede encontrarse una forma de explicar los deseos insaciables. Estos partirían de un propósito que se convirtió en ideal y que, conservando su tendencia al infinito y su capacidad de reorganizar instintos, genera una narrativa donde la búsqueda constante tiene coherencia interna. Puede parecer desmedida desde fuera, pero desde dentro responde a una estructura lógica.

Estableciendo esto, se estaría sugiriendo que estos comportamientos no son anomalías aisladas, sino expresiones naturales de una psique compleja. El progreso del individuo y de la especie parte de un instinto que, al sofisticarse, deja de limitarse a la mera conservación biológica y se orienta hacia la persistencia del significado.

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Sobre el amor y las capas del alma