Sobre la violencia - Parte I

I

Entendiendo la violencia como uno de los fenómenos sociales más persistentes, se puede esperar que algo aparentemente básico en su origen se desarrolle en variaciones cada vez más complejas a medida que también se complejiza el relacionamiento social. En este ensayo me concentraré en un tipo específico de violencia: la violencia sexual. El objetivo será analizar una de las posibles causas que pueden contribuir a explicar una parte de la violencia sexual ejercida por hombres hacia mujeres: la relación entre autoridad, dominación y violencia. Para ello, partiré de una definición amplia del término, que abarque desde las agresiones generalmente consideradas más ligeras hasta las más graves.

 

II

La idea a desarrollar parte de la siguiente tesis: “La violencia sexual tiene una marcada dimensión de género, donde las mujeres concentran la mayoría de los casos como víctimas y los hombres concentran la mayoría de los casos como perpetradores”. Esto no niega la existencia de casos que se encuentran fuera de esta tesis; simplemente plantea que dicha relación concentra una parte mayoritaria del fenómeno, sin pretender establecer un porcentaje exacto. Existen estadísticas globales y regionales sobre segmentos específicos que pueden contribuir a fundamentar esta postura, pero, al tratarse de un fenómeno complejo, las distintas definiciones, segmentaciones y metodologías de medición hacen difícil establecer una cifra universal desde un enfoque de género. Por ello, esta tesis también parte de una observación empírica dentro de una sociedad occidental.

Si aceptamos provisionalmente esta tesis como punto de partida, podemos concentrarnos en analizar el segmento que abarcaría la mayor parte de los casos y, por lo tanto, otorgarle mayor relevancia dentro del análisis.

 

III

Continúo entonces intentando responder la pregunta: ¿cómo se puede explicar la violencia de los hombres hacia las mujeres? Nuevamente, se trata de un fenómeno social de enorme amplitud. Aun así, intentaré describir una de las causas que considero fundamentales para comprender parte de su origen.

Propongo comenzar con una simplificación teórica sobre los motivadores de este tipo de actos. Considero que las causas que motivan a los perpetradores pueden agruparse en dos grandes dimensiones: las motivaciones sexuales y las motivaciones de dominación o agresión. Pueden existir múltiples causas al mismo tiempo, pertenecientes a cualquiera de las dos dimensiones, e incluso reforzarse entre sí. En este texto abordaré únicamente la segunda: las motivaciones de dominación y agresión.

 

IV

La agresión y la violencia parecen formar parte de las tendencias más primarias del comportamiento humano, especialmente cuando se relacionan con la supervivencia. Fuera de ese contexto, sin embargo, adquieren una dimensión social mucho más compleja. Para analizar la agresión sistemática que históricamente han ejercido los hombres sobre las mujeres propongo la siguiente hipótesis: “Los humanos que sienten autoridad sobre otros humanos son más propensos a ejercer violencia sobre ellos”. Esta violencia puede ser moral, intelectual, física o de cualquier otra naturaleza, y la lógica puede aplicarse tanto a individuos como a grupos. La percepción de autoridad sobre otra persona puede producir conductas benéficas, como responsabilidad, protección o cuidado, pero también puede facilitar, en ciertos casos, la creencia de que el daño ejercido sobre otro está parcial o totalmente justificado. De aquí surge una segunda hipótesis: “Los hombres han desarrollado históricamente una sensación de autoridad generalizada sobre las mujeres”. La relevancia de esta hipótesis para la violencia sexual radica en que, si la percepción de autoridad facilita ciertas formas de violencia, también puede facilitar aquellas en las que la agresión adopta una forma sexual.

En términos históricos amplios, las mujeres pueden describirse como un grupo social sistemáticamente subordinado o marginado en muchas sociedades. En la época moderna, una evidencia clara se encuentra en las restricciones legales que durante largos periodos limitaron sus derechos en comparación con los de los hombres. No es sino hasta la época contemporánea cuando muchas de estas restricciones comienzan a disiparse gradualmente después de una extensa serie de esfuerzos colectivos, sin negar que todavía persistan algunas.

 

V

Continuaré con algunas observaciones que pueden ayudar a reforzar esta última idea.

Remontándonos a un pasado remoto, podemos tomar como ejemplo el caso general de una sociedad poco desarrollada en términos antropológicos, con una economía de subsistencia primaria. En una sociedad de estas características, las actividades consideradas más productivas serían aquellas directamente destinadas a satisfacer necesidades básicas como alimento y refugio. En un contexto donde las herramientas y la tecnología disponibles fueran rudimentarias, muchas de estas actividades exigirían un esfuerzo físico considerable. Si aceptamos como premisa que, en promedio, el sexo masculino posee una ventaja de fuerza física sobre el femenino, podría surgir una lógica social como la siguiente: las actividades más importantes para la supervivencia exigen determinadas capacidades físicas; quienes puedan ejecutarlas con mayor eficiencia adquieren una relevancia especial para la supervivencia del grupo; los hombres, como grupo, poseen en promedio una ventaja física para realizar una parte de esas tareas; por lo tanto, esa ventaja puede traducirse en una mayor valoración social de su capacidad productiva. Esta idea puede entenderse como una observación generalizada en las sociedades antiguas, dentro de esas mismas sociedades existieron algunas donde actividades consideradas de elevada relevancia se atribuían exclusivamente las mujeres; sin embargo esto no constituyó una costumbre generalizada.

A lo largo de la historia, el desarrollo tecnológico ha reducido gradualmente la exigencia física necesaria para realizar muchas de las actividades esenciales para la supervivencia. Al mismo tiempo, el aumento de la complejidad social ha desplazado progresivamente el valor hacia actividades relacionadas con la planeación, la coordinación y la toma de decisiones, y no únicamente hacia la ejecución física de los planes. Dicho de otra manera: a medida que aumenta la capacidad tecnológica y también la complejidad social, disminuye la importancia relativa de la fuerza física como fuente directa de productividad y aumenta la importancia de las capacidades cognitivas.

 

En una escala histórica amplia, las sociedades basadas en la caza, la recolección, la agricultura y la ganadería abarcan la mayor parte de la existencia humana. En cambio, las economías dominadas por servicios y actividades intensivas en conocimiento, posteriores a la industrialización avanzada, son un fenómeno muy reciente. Por ello, puede plantearse que durante la mayor parte de la historia humana las cualidades físicas tuvieron una relevancia productiva comparativamente mayor que la que tienen hoy.

 

VI

Si aceptamos los precedentes anteriores, podemos avanzar hacia otras conclusiones. Es razonable pensar que, en sociedades donde una parte importante de las actividades esenciales dependía de capacidades físicas en las que los hombres tenían una ventaja promedio, esa ventaja pudo traducirse en una mayor valoración de su productividad. Si un grupo era percibido como especialmente importante para ejecutar actividades esenciales, también podía adquirir mayor influencia sobre la forma en que esas actividades se organizaban y decidían. Así, la ventaja física no implicaría automáticamente autoridad, pero sí podría haber contribuido, junto con otros factores históricos y sociales, a consolidar a los hombres como el grupo con mayor poder de decisión durante una parte considerable de la historia.

 

A partir de estos precedentes puede encontrarse una lógica posible para explicar por qué los hombres desarrollaron una sensación de autoridad sobre las mujeres: una larga historia de aceptación social de esa autoridad, inicialmente favorecida por ciertas condiciones materiales, pudo convertirse con el tiempo en costumbre, estructura social y expectativa cultural.

 

El objetivo de este recorrido histórico no es explicar por sí solo la violencia sexual, sino proponer un origen posible para una de las condiciones que pueden favorecerla: la percepción masculina de autoridad sobre las mujeres.

 

 

VII

Incluso si aceptáramos que en determinados contextos históricos podía existir una lógica material que otorgara al género masculino una mayor autoridad por su ventaja productiva en ciertas actividades, vale la pena aplicar la misma lógica al presente. En las sociedades contemporáneas, muchas de las actividades mejor valoradas y mejor remuneradas son principalmente cognitivas, organizativas o estratégicas. Si partimos de la premisa de que los hombres no poseen una ventaja cognitiva general sobre las mujeres comparable con la ventaja promedio que sí existe en fuerza física, entonces aquello que pudo contribuir históricamente a justificar una mayor autoridad masculina ya no existe de la misma forma.

 

Podemos preguntarnos entonces cuál debería ser el balance de autoridad entre los géneros para lograr una sociedad más armónica. Aunque esa pregunta no pueda responderse con precisión, la lógica desarrollada en este texto sugeriría que el equilibrio actual todavía conserva un desbalance originado, al menos en parte, por costumbres históricas. En consecuencia, el género femenino debería adquirir gradualmente una mayor autoridad social hasta alcanzar una relación más equilibrada.

 

Cuando hablamos de transformar costumbres cuya legitimidad proviene, en parte, del tiempo que llevan existiendo, y cuando ese tiempo abarca una parte sustancial de la historia de la civilización humana, es razonable esperar que el reequilibrio de la autoridad entre géneros sea también un proceso prolongado. Los avances más recientes han sido considerables en relación con el tiempo histórico, pero el proceso sigue requiriendo un esfuerzo colectivo para identificar y cuestionar ideas que perpetúan ese desbalance. Son ideas y costumbres que pueden estar incorporadas en el pensamiento general de la sociedad y reproducidas tanto por hombres como por mujeres.

 

Todavía existen costumbres sociales que no solo otorgan a los hombres el incentivo de ser considerados el grupo más productivo, sino que en ocasiones les imponen también esa exigencia social. Como contraparte, otras costumbres promueven o reproducen formas de subordinación productiva de las mujeres, desde el núcleo familiar y los roles asignados dentro de él hasta determinadas normas de etiqueta y comportamiento social. Estas costumbres no son reproducidas únicamente por los hombres, sino por la sociedad en su conjunto.

 

Cuando determinadas costumbres otorgan poder a un subgrupo social, es posible que quienes se benefician de ellas busquen, de manera consciente o inconsciente, conservarlas, mientras que quienes se encuentran en una posición subordinada busquen transformarlas; opino que el sistema social actual promueve en su mayoria la prevalencia de la autoridad masculina . A largo plazo, el objetivo debería ser hacer evidentes los beneficios de una cooperación más equilibrada, porque un subgrupo social sistemáticamente subordinado también se encuentra limitado en su capacidad de contribuir plenamente al desarrollo colectivo.

 

VIII

Concluyo que la recurrencia de la violencia sexual ejercida por hombres hacia mujeres solo puede reducirse de manera sustancial si disminuyen las motivaciones que la propician. Por un lado, aquellas de carácter sexual que llevan a vulnerar el consentimiento; por otro, las motivaciones de dominación y agresión. Este ensayo se ha concentrado en esta segunda dimensión, proponiendo que una autoridad históricamente otorgada a los hombres, vinculada en parte a su antigua ventaja productiva en sociedades donde predominaba el trabajo físico, pudo contribuir a consolidar relaciones de poder que todavía persisten culturalmente. Mientras esa autoridad generalizada continúe siendo aceptada y reproducida por la sociedad, seguirá existiendo un contexto que puede facilitar que algunos hombres la ejerzan tanto para bien como para mal. Entre sus posibles manifestaciones negativas se encuentra la violencia y, dentro de ella, la violencia sexual.

Next
Next

Sobre la definición del arte — Parte I